Alina lo había dejado por apático. Por poca cosa, por tibio también, pero la palabra, la actitud reclamada, era la apatía. Alina se lo explicó y él fingió entender y se mantuvo en su personaje de tipo sensible, comprensivo y humano. Ella lo estaba dejando, se lo explicaba con la emoción de una profesora cantando el himno a Sarmiento y él solamente asentía, carraspeaba, le tocaba la mano y sonreía, triste, pero comprensivo.
No sabía, no podía entender que Alina esperaba una reacción y que esa reacción no era la que estaba teniendo en ese momento. No esperaba buenos modales ni voces educadas. Esperaba que él la tomara del cuello y le gritara en la cara que la quería y que no estaba dispuesto a perderla, esperaba que él le rompiera de una vez por todas un corpiño con los dientes y le hiciera doler los pezones con sus mordidas, esperaba que cerrara la puerta del departamento y se guardara la llave dentro del calzoncillo. Esperaba experimentar dolor y placer, todo junto, todo mezclado y ardiente. Esperaba, en fin, algo de lo que Rubén era incapaz.
El nunca quiso hacerle daño a nadie y menos a Alina. La respetaba. La quería, y si ella le decía que no era feliz con él, por el amor que se tenían, debía dejarla ir. Se lo dijo casi con esas palabras, mirándola casi con adoración. A ella no le gustó el tono ni sus palabras, ella no era su madre, no era una amiga del alma, era su mujer y el hombre, en determinadas circunstancias, pensaba, debía actuar como un hombre, puro y simple.
Cuando la charla pareció agotarse, ella se levanto y se paró enfrente de Rubén, mirándolo a los ojos. En esa mirada había puesto lo último de esperanza en la relación.
Ella lo dejaba porque ya no podía aguantar el ritmo cansino de sus días, pero si él hacía un mínimo gesto, le devolvía la mirada o hacía algo inesperado, iba a caer de nuevo en sus brazos.
El, en cambio, se sintió incómodo y con esa sonrisita tan suya, le ofreció un café antes de irse. Ella pareció salir de un encantamiento y, desencantada, lo rechazó inventando que tenía que estar rápido en otro lugar distante y se fue.
Se dieron un beso en la mejilla y él le dijo cuidate. Ella le dijo te llamo. El cerró la puerta y salió al balcón para verla irse. Apenas pudo adivinar el rumor oscuro de su cabello entre las ramas de los árboles. Estaba un poco triste pero tenía esperanzas. Ella lo quería y él le iba a demostrar que la apatía no iba a dominar más su vida.
Ya había oscurecido y se quedó se quedó en el balcón, mirando a la ciudad que rápidamente iba cambiando de forma y de humor. Pensaba en ellos, pensaba en la forma de hacer algo que hiciera retornar a Alina. Debía ser algo extraño, inesperado, algo que él nunca haría. Si elegía bien y esa elección terminaba en un dominio de ese algo, tenía una prueba palpable contra la apatía para enfrentar a Alina.
No se imaginaba nada, es decir, eran tantas las cosas que nunca había hecho que la elección se le tornó improbable. Deportes extremos, pasos de baile, teatro vocacional, militancia sindical, autoayuda natural, devoción religiosa. Los caminos eran infinitos y su idea pareció, de pronto, inoportuna y cruel, pero al segundo siguiente, la solución apareció casi sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado allí.
Iba a nadar. La natación era la actividad adecuada. No le gustaba el agua. Era friolento. Nunca fue deportista y por ello no tenía un cuerpo preparado para la actividad física. No era paciente ni metódico. No tenía constancia y le gustaban las actividades repetitivas. Todo eso iba a ser la natación. Era perfecta. Era como una gran escalera al cielo. Al cielo de Alina.

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