Después de averiguar un poco, recorrer lugares y evaluar costos, terminó decidiéndose por el gimnasio de la Universidad en calle Moreno. Como él era egresado los costos eran bajos y suponía que habría pocos niños, lo que lo tranquilizaba un poco.
Llegó con una malla y una toalla en la mochila y preguntó qué tenía que hacer. Martín, uno de los profesores del turno, le dijo que antes que nada debían evaluar su nivel para darle un grupo acorde. Es para que uno no se sienta menos que los otros, viste, le dijo, aunque al principio vas a ver que el resto nada más pero es cuestión de práctica.
Se tiró al agua, ligeramente caliente, y nadó un largo. Llegó algo sofocado, pero a Martín le pareció bien. Debía estar acostumbrado a nadadores desprolijos. Le dijo que estaba bien y mientras se secaba, le dio a elegir los horarios.
Preguntó en cuál de ellos había menos gente y se anotó.
Al día siguiente volvió, con una zunga negra, gorra de goma y antiparras oliendo a nuevo. La profesora lo presentó al resto del grupo. Con él eran cinco, dos mujeres y tres hombres. Ellos se conocían, pero lo recibieron bien, es decir, lo recibieron como se recibe a alguien en un grupo de natación. Hasta ese momento no había sabido que la soledad le había desarrollado el instinto de aceptación social hasta sobrepasarlo. Se sentía como un niño pequeño en el primer día de clases en el jardín. La sensación de aislamiento y desprotección era tan fuerte como lo había sido cuarenta años antes, y eso le confirmaba que su cabeza no andaba para nada bien.
Se dedicó toda la hora a evitar cualquier situación que lo arrojara al ridículo. Aguantó cuanto pudo el dolor de su espalda, escupió intermitentemente el agua que pugnaba por bajar por su garganta y cada vez que terminaba un largo, intentaba una media sonrisa canchera o miraba un punto inexistente en la medianera del fondo.
Nunca había pensado que la práctica de la natación requería tanto esfuerzo, como tampoco sospechaba que los dolores que iba a sentir no se limitarían solo a los brazos, sino que su cuerpo entero sería un enemigo molesto los días siguientes.
Cuando terminó la hora, se retiró lentamente al vestuario y después de veinte minutos consiguió salir caminando. Se quedó esperando en la esquina hasta que un taxi lo llevó hasta su casa, a escasas ocho cuadras del gimnasio. Le dio al taxista un billete de cinco pesos y el tipo se quejó del viaje corto y de que no había monedas. Rubén quería acostarse en su cama, no quería estar discutiendo por dos pesos y se bajó.
En el departamento no tuvo fuerzas para cocinar, apenas tomó algo de yogur bebible y se tiro en la cama. Al día siguiente había quedado en ir con Claudio a Venado Tuerto para visitar a unos clientes de la distribuidora de repuestos en la que trabajaban. Le iba a avisar que no pasara, que se sentía mal. Iba a tener que tomarse el día.
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