Ella es pequeña y no le das la edad que tiene. Tiene un tono de voz que a cualquiera le recuerda a la infancia y una manera peculiar de esconderse entre la gente que puede convertirla en un recuerdo aún antes de conocerla.
Se separó sin estridencias de un marido que antes fue primer novio y, dicen sus amigas, lo hizo porque no le quedó otro remedio. La descarada infidelidad de él ya era insostenible, aún para ella, y un resto de dignidad la llevó a aceptar con resignación lo que otras consideran un derecho, la llevó a cuestionar el equilibrio de un mundo en el que sentía cómoda porque no le demandaba decisiones.
La obsesión nunca había sido un rasgo de su carácter, pero, después de Andrés, comenzó a coleccionar monedas. En su casa acumuló bolsas de tela oscuras llenas de monedas apiladas en un mueble como quien almacena una enciclopedia. Todos los días se detenía un momento frente a las bolsas y las levantaba, una por una, para sentir su peso, para sentir la consistencia, el objeto, la presencia del metal frío y silencioso, sin saber porque, sin la necesidad de buscar una explicación de algo que le hacía bien.
Un día de visita en su casa, acompañado por un amigo común y por intereses dispersos que tenían que ver, creo, con su ex marido, ella nos mostró su colección.
Nos sentó en la mesa del living, y fue ordenando las bolsas en un semicírculo a su alrededor, como si fuera una ceremonia. Después abrió, en forma aleatoria, las bolsas y fue sacando de ellas las monedas. Había monedas de tamaños y colores distintos, plateadas, doradas, sucias, y ella, pacientemente, comenzó a explicarnos de donde venían cada una de ellas.
Las conocía a todas, y cualquiera podía notar cómo cambiaba su percepción del mundo con esos pedacitos de metal entre las manos.
En eso se detuvo y me preguntó, mirándome fijamente, ¿no son hermosas?
Y yo me quedé en silencio, asintiendo con la cabeza, sin responder nada. Era incapaz de ver lo que ella veía en las monedas. La belleza es de una subjetividad que asusta.

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