A él nunca le gustaron las mujeres con el pelo corto. Pelo corto, no melenita a lo colón, corte carré y ese tipo de peinados modernos que levantan y esconden los pelos. No, pelo corto-corto, tipo masculino, con la nuca al aire y el cráneo como una cabeza de telgopor, pero lo que más le disgustaba eran esas mujeres que se afeitaban la cabeza y las posteriores y diferentes etapas de la vuelta de la cabellera a un largo normal.
No había razón para ese rechazo. Tal vez las características masculinas, el lejano eco de la homosexualidad, el apartamiento de su ideal femenino, o nada más que puro gusto. Todas estas razones y ninguna. Su formación y sus creencias no le permitían expresar nada que no fuera políticamente correcto, se encontraba cómodo en el equilibrio, las pasiones módicas, el reposo del compromiso inexistente.
No le molestaban, por ejemplo, los gays como sí lo hacían a algunos amigos suyos del pueblo. A él no, era respetuoso de las minorías, y siempre evaluaba con tolerancia los disparates que alguna gente inventaba para diferenciarse de otra.
Pero lo del pelo era una cuestión que no podía resolver. Cuando veía una mujer con el pelo muy corto, cuando se podía ver el cuero cabelludo pálido debajo de la pelusa, o cuando, en un despliegue de sadismo, la mujer con un cráneo liso se dejaba una finísima cola de cabello que partía desde la nuca y llegaba hasta la mitad de la espalda, atada por ejemplo, con un caracol en la punta, en esos momentos la repulsión lo inundaba y debía apartar la vista, silbar una canción (generalmente era “Danubio Azul”), toser o buscar el celular, haciendo la mímica de contestar un llamado inoportuno.
Nunca habló con nadie de esa obsesión, un poco porque le daba vergüenza hablar de sí mismo, otro poco porque no podía explicar en forma precisa qué le ocurría. No sabía si era un defecto, una virtud, una patología. Con el tiempo lo había metabolizado y lo consideraba como la reacción que otra persona tendría frente a una corbata amarilla o unos zapatos demasiado lustrados un domingo por la mañana.
La vida lo había llevado de una ciudad a otra, desde que había abandonado Pujato para estudiar en Rosario. No terminó la carrera de Ingeniería en Sistemas en la U.T.N. porque consiguió trabajo en una puntocom que había fundado su profesor de Estadística con tres socios más y que, en seis meses, había conseguido seed capital para abrir una sucursal en San Pablo.
Se fueron a vivir a San Pablo con otros dos compañeros de curso y allí trabajó demasiadas horas por día sin resultado aparente. Como todos, se enamoró de Flavia, la secretaria de la empresa, pero era demasiado puta para tomarlo en serio. Igualmente las relaciones eran cordiales, porque vivían todos en una especie de campamento noventista, durmiendo en el piso de una de las oficinas porque no les alcanzaba para alquilar el departamento que les habían prometido, pero aún encandilados por el exitoso futuro como empresarios que habían ya disfrutado Steve Jobs y Bill Gates.
La aventura al final duró apenas 8 meses, cuando se dieron cuenta de que el dinero que les habían destinado los inversores había descendido dramáticamente en muebles, sueldos, logos y remeras. Cuando los inversores se dieron cuenta de que todo no era más que un espejismo moderno, dejaron de mandar el dinero y a la semana siguiente, la puntocom cayó.
Su profesor había renunciado a la UTN y estaba desesperado, porque en el ímpetu inicial había puesto su casa en garantía por un préstamo que le había otorgado una financiera de calle Sarmiento y que ahora no podía pagar. Su mujer estaba a punto de dejarlo por eso y tal vez por otro.
El no podía volver a la facultad, consideraba que era una etapa superada. Además, estaba desgastado por haber trabajado tanto y por el intenso estrés emocional que le produjo haber compartido todos esos días completos con el resto de sus socios, sin disfrutar casi de vida privada.
De vuelta en Rosario, se fabricó un currículum bastante increíble, y por eso altamente eficaz, y lucró durante un año y medio con novatos empresarios que habían escuchado las sirenas de las puntocom un poco tarde y no querían quedarse afuera de un futuro que todos imaginaban exitoso.
El les escribía Planes de Negocio prolijos y atractivos, diseñaba complicados diagramas de flujo de dinero y crecimiento exponencial del negocio para presentar a inversores fantasmas que supuestamente conocía y con eso pagaba los gastos del departamento y la comida. Mientras tanto buscaba algún trabajo en serio, pero no le salía nada.
Como era previsible, esa changa también terminó y se fue a Mendoza porque uno de sus fracasados pero sensibles clientes le había dado en dato de que se iba a licitar una red de energía mayorista y necesitaban técnicos en marketing.
Se presentó con el mismo currículum que usaba, pero no fue aceptado. Tuvieron la delicadeza de no ridiculizarlo, pero después de decirles que iba a aceptar cualquier cosa, consiguió trabajo de chofer de uno de los técnicos recién contratados.
El tipo era un porteño tristón, pero buen conversador, tanto que se hicieron amigos y compartieron un departamento que tenía la Consultora en el centro mientras preparaban la licitación. Los fines de semana iban a acampar a la montaña y conseguían lindas mujeres. El tipo consiguió acceder a una chequera oficial y se gastaron una buena plata en salidas, mujeres y alcohol.
Después de seis meses y cuando todo estaba listo para arreglar la licitación con un cliente de la consultora que la organizaba, llegaron unos amigos del Presidente desde Buenos Aires y mágicamente apareció una empresa recién constituída en Uruguay que se hizo cargo del proyecto. El porteño y él se quedaron sin trabajo, pero le había gustado tanto Mendoza, que decidió recorrer un poco, comenzando con Tucumán.
Huyó espantando. No le gustó ni Tucumán, ni Salta. Menos Jujuy. Demasiada pobreza, demasiada naturaleza exótica y poco amigable. Extrañaba el ambiente humano y urbano, extrañaba andar a la pesca de mujeres, compartir un vino con un desconocido.
Nunca había querido ir a Buenos Aires, porque le parecía una ciudad demasiado grande, en todo sentido. Quería seguir siendo una persona.
Pero cuando se dio cuenta de que se estaba quedando sin opciones, transigió y con algunos llamados a sus contactos de la época puntocom, consiguió trabajo como vigilador en una clínica. La empresa de vigilancia era propiedad de uno de sus ex clientes, a quien él le había preparado un Plan de Negocios muy exitoso que le significó una ganancia de casi 80.000 dólares el primer año, pero que se cayó, como todos, cuando se contrastó con la realidad.
El tipo no estaba resentido con él, contrariamente a lo que se podía suponer, tal vez porque había otra gente que se había portado peor y no tenía razón para echarle la culpa de su mala suerte, así que le hizo un favor y le consiguió el puesto de Vigilador en una Clínica de Palermo.
El no tenía idea de armas, ni había hecho la colimba, pero igual aceptó. Por lo menos era un sueldo, por algo iba a empezar.
Le dieron una camisa amarilla con un bulldog bordado en el bolsillo, pantalón negro y una gorra que parecía de la Isla de Gilligan. El arma era pesada y le molestaba, calzada en su costado, pero como se la pasaba caminando, la equilibraba con la cintura y el peso se soportaba.
Un día escuchó detrás de una puerta una conversación entre dos mujeres y el tono y la voz de una de ellas lo excitó de una manera que nunca le había ocurrido. Una sorpresiva erección curvó sus pantalones y abrió un poco las piernas para disimular. Se quedó esperando, caliente como nunca, para conocer a la voz, mientras se imaginaba su cara, sus gestos, su presencia.
Salieron dos mujeres y una de ellas lo saludó educadamente. Era ella. Cerca de los cuarenta, flaca, elegante, linda sonrisa, perfume dulce, enfermera. El quedó impactado y sintió que se había enamorado, aunque sintió también una instantánea molestia en el pecho.
Ella siguió con la otra mujer y dobló en el pasillo siguiente. El la siguió para verla otra vez. En ese momento se percató del detalle que lo estaba molestando. Ella tenía el cráneo cubierto por una suave pelusa marrón. Era un caso patético de todo lo que aborrecía. Se quedó estático. La molestia lo atolondró y se recostó contra la pared. Palpó el arma, confundiéndola con el celular, y tosió.
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